Desde Rusia (y Ucrania) con amor

14/07/2007

Ania y Dasa disfrutan de nuevo del verano en Navalmoral con sus familias de acogida, como hacen decenas de niñas rusas en toda España.
Ania Sergeevna tiene 9 años, y es natural de Kamenks-Urasky, en la Siberia rusa. Dasa Adamko, de la misma edad, vive en Novozikov, en Ucrania. Ambas son rubias, muy blancas y enormemente tímidas con las personas que no conocen. No así con sus familias de acogida, que aseguran «hablan mucho» practicando un español que mejoran día a día. Son dos de las niñas del este de Europa, procedentes en algunos casos de la zona de Chernobyl, que van a pasar el verano en España para mejorar, aunque sea durante unos meses, su calidad de vida.

En Navalmoral los pioneros de esa acogida fueron Álvaro y Tere, gracias al trabajo del primero, al interesarse por una niña rubia, «muy bonita», que vio en un portarretratos cuando fue a poner un cristal a una vivienda de Belvís de Monroy. «Les pregunté y me dijeron que era una niña rusa que se traen en verano. Me gustó la idea y se lo comenté a mi mujer. Le pareció bien y tiramos para adelante», explica.

Lo hicieron a través de una asociación radicada en Talavera de la Reina,’Todos somos niños’. Gracias a su intermediación llegó Ania, que este es el tercer verano que pasará en casa del matrimonio. Lo positivo de la experiencia contagió a otros conocidos, como Julián y Raquel. Ésta última recuerda que les veían con la niña, hablaron entre ellos y se animaron a traer una.

Calidad de vida

¿Por qué se hace?, le preguntamos. «Por dar a las niñas una mejor calidad de vida. En el caso de la que tenemos nosotros, Dasa, es de la zona de Chernobyl y el tiempo que está aquí come alimentación sana y respira un aire más puro que en su tierra. Para ellas son como unas vacaciones».

Pero no todo es fácil, porque llegan de un ámbito muy diferente y les cuesta adaptarse. «Sobre todo a las comidas, ya que son muy distintas, apunta. Aunque Dasa va comiendo algo mejor, porque el año pasado lo pasó muy mal. Los demás hábitos son muy parecidos. Por ejemplo los juegos. La otra noche estuvieron jugando al escondite».

La piscina, los helados…

Frente a la ‘cruz’ que supone la comida están los baños en piscinas o gargantas, «que les encantan», señalan las madres de acogida, añadiendo que Dasa aprendió a nadar el año pasado. «También les gustan los helados, la fruta o la Coca Cola, que allí ven en los anuncios. Lo que no llevan tan bien es el calor, que las niñas notan mucho. Dicen que se agobian, porque allí aunque hay verano, y lo vemos por las fotografías que nos mandan, las temperaturas no son tan altas».

En cambio las fotografías que llegan a Álvaro y Tere de Ania -que está en un orfanato- son «de nieve, nieve y nieve. Hasta las cocinas con las que juegan a las cocinitas están hechas con nieve».

Durante el tiempo que permanecen en España -este año más de dos meses- el contacto con sus familias es permanente. «Hablamos con ellos todas las semanas. Dasa ha enseñado a su madre a hablar castellano y además Tere ya casi sabe hablar ruso», comenta Raquel. Ese contacto se mantiene durante el resto del año, escribiéndose con frecuencia o enviando paquetes. «Estamos en contacto todo el año, afirma Álvaro. Así sabemos que cuando llega el mes de abril están deseando venir. Después, cuando llega la hora de irse, no quieren».

Esa es, precisamente, la parte negativa de esta bonita historia. La despedida, que incluso lleva a algunas familias a no disfrutar de la experiencia por ahorrarse un mal trago. «Es muy duro. Los primeros días cuando se han ido lo pasamos muy mal. También los últimos, cuando empezamos a preparar todas las cosas. Pero no hay que pensar en eso, dice Raquel, sino en lo bien que se lo pasan el tiempo que están aquí y lo que nosotros disfrutamos con ellas. Cuando se van solo queda esperar al siguiente verano. Que se hace muy largo».

Si la adaptación es buena, como ha ocurrido en estos dos casos, los padres de acogida quieren que vengan siempre las mismas niñas, y lo pueden hacer hasta los 16 o 17 años. Ahora mismo calculan que en Navalmoral puede haber dos o tres niñas más. También hay en Cáceres, en Plasencia o en la zona de la Vera. «Este año ha venido alguna más al involucrarse la Junta de Extremadura, ya que hasta ahora se hacía todo a través de Castilla-La Mancha», añaden.

La enorme timidez de las niñas hace que no pronuncien una sola palabra durante la conversación con sus padres de acogida, limitándose a esbozar de vez en cuando una sonrisa o a observar con curiosidad la grabadora.

Leído en Diario Hoy de Extremadura.

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